Probablemente aquellos hermosos ojos no sabían lo que era la lectura. Todos eran enormes. Dicen que por el efecto del tabaco. Dos eran verdes y los otros cuatro negros. Y nunca habían leído. Por eso no sabían qué era eso del ludismo. Un movimiento que empezó casi un siglo antes para luchar contra las máquinas. No sabían las dueñas de aquellos ojos que las máquinas no eran sus enemigos. Pero entonces sí lo creían...
Año 1905. El año del Sevilla F.C. y de la cerveza Cruzcampo. Fábrica de Tabacos. Trompeta de la Fama contemplando cigarreras jóvenes y viejas en la calle San Fernando. Negras mantillas y sayas rosas. Frío de enero en la calle y calor insoportable en las naves de trabajo. Hombros y escotes desnudos. Faldas remangadas. Pechos al aire: tersos y flácidos, turgentes y escuálidos, de sonrosada juventud y de oscura madurez, lujuriosos y maternales. Sensualidades y maternidades mezcladas en un ambiente asfixiante. Puros, pitillos y picadura eran los culpables de aquella mágica y venenosa atmósfera donde cuatro mil mujeres y ocho mil ojos atendían las explicaciones del responsable de la fábrica. Les habló de la mecanización y de la nueva forma de trabajo, de nuevos aparatos para producir más y mejor. Aquello no gustó a las cigarreras, que vieron peligrar su oficio. Por eso tomaron la palabra. Ya dijo alguien que las cigarreras tenían más ocupadas las lenguas que los dedos. Unas lenguas temibles... Cuando “la Lola”, “la Rosario” y “la Carmencita” hablaron llegó a la fábrica de Tabacos el milagro del silencio. Rosario la de la Cava fue tajante:
- Aquí no vamos a consentí ninguna máquina. Servidora es capaz de hacer más de diez atados diarios. Quinientos puros pa quinientas bocas. Y no va a habé maquina que los haga mejores. Hasta ahí podíamos llegar. Y si ustedes quieren bronca, la van a tener...
La palabra bronca caló entre las cigarreras como el sudor entre sus escotes. Cuatro mil gargantas y la misma letanía:
- Bronca, bronca...
Aquello parecía no tener buena pinta para el encargado. Cigarreras gritando puestas en pie. Empujones y gritos hacia la calle San Fernando. Entre un mar de mantones y de bordados de Manila fue empujado a la calle. Ni la guardia de la entrada pudo parar la fuerza de aquella espontánea manifestación. Las cigarreras salían a la calle protestando contra las máquinas y pidiendo guerra. Y el encargado entre ellas. Por la calle San Fernando sólo se oía un grito:
- ¡Bronca, bronca, bron ca, ca brón, cabrón...!.
El encargado salió de allí como pudo. Aquella manifestación parecía salida de una antigua novela. Definitivamente, el tabaco perjudica seriamente la salud...

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