martes, 2 de junio de 2015

5 de junio. El bautizo




El niño había salido llorón. Aquella noche apenas dejó dormir a sus padres, que además acumulaban los nervios propios del día siguiente. Porque antes de acostarse habían dejado todo preparado. Encima de la mesa estaba el velo que había usado dos años antes en su boda. Doña Juana, la abuela del pequeño lo había puesto con mucho cuidado sobre la mesa de entrada. Serviría como batón. Don Juan, el abuelo, había llegado algo más tarde aquel día pero una doble alegría se reflejaba en su cara. Al nuevo nieto se unía un gran pedido de calzas que había mandado a América. Lo había cobrado por anticipado y ya sabía que lo emplearía al día siguiente para invitar a los vecinos. Jerónima, la joven madre, todavía estaba algo molesta por el parto. Molesta pero feliz. Tanto como Juan, su marido, un hombre serio acostumbrado al mundo de las notarías que aquel día dejaba ver una amplia sonrisa en su rostro. Al día siguiente se bautizaba el que era su primer hijo.

Sevilla, un día de junio de 1599. Barrio de la Morería. A la calle de la Gorgoja llegaba don Pablo Ojeda muy temprano, venía casi corriendo de su casa en la Magdalena y traía sus mejores calzas y unas cajas en una bolsa. Su olor a anís delataba que eran bollos recién comprados en la monjas de Santa Inés. Ya estaban todos preparados: el padre, los tíos Fernando y Ana y los abuelos. Doña Jerónima se tuvo que quedar en casa descansando. Cuando despidió a su hijo, le dijo a Juan: no tardéis y traédmelo hecho un buen cristiano. Camino de la vieja iglesia mudéjar de San Pedro, doña Ana, la señora que freía los huevos en el puesto junto a la Compañía, les hizo un vaticinio:

“Este niño será importante, pasará a la historia”.
Al padrino aquello le pareció otra historia más de aquella loca, pero, como le hizo gracia, le regaló unos bollos de las monjas.
La ceremonia fue breve. Cuando el viejo párroco preguntó el nombre elegido, casi contestaron al unísono:
–“Se llamará Diego, como su abuelo”.
–“Diego, yo te bautizo en el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo”. El niño volvería a casa cristiano.

Antes de salir, el padre de la criatura se paró a rezar un momento delante del viejo crucificado de la peluca. Siempre le tuvo gran devoción y aquel día le agradeció que el niño hubiera nacido lleno de salud. Al salir, el padrino se encontró a unos pícaros que jugaban a pares y nones. Otro cantaba aquello de “kikirikí, calla bobo que no es para ti”. Don Pablo, orgulloso de ser padrino, volvió a repartir bollos e incluso dio alguna moneda. 

El cortejo salió rápido para su casa: el niño ya tenía hambre y había que invitar a los amigos. Mientras, en la sacristía alguien apuntaba el nombre del nuevo cristiano: Diego. Con el tiempo se conocería como Velázquez. El más grande pintor de todos los tiempos...

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