Siempre le tuvo especial devoción. Para
ella era su martes santo particular. En Feria pero también en Jesús del Gran
Poder. Riguroso. Austero. En silencio. Dolido. Una imagen que la llevaba a su
infancia en blanco y negro, a los pantalones cortos de su hermanos, a los
luises y estanislaos, a los javieres. Un crucificado moderno. Pero cargado de
antigüedad. Lo realizó en 1945 un portugués, José Pires, siguiendo un
crucificado que ya había realizado para los salesianos de Triana. Alguien le
contó que el imaginero salió contento con su obra aunque hay quien lo viera
llorar porque no le agradó una policromía tan oscura...Oscura como los años de
su infancia. Oscuridad de los ejercicios espirituales de San Ignacio que se
hacían en torno al crucificado, Ella y Tú ; Tú y ella. La mística de San
Ignacio de Loyola. ¿De qué le serviría a los hombres ganar el mundo si perdían
su alma? Silencio. Búsqueda interior. Austeridad. Y una letanía que la llevaba
a los años cincuenta: Alma de Cristo, santifícame.
Todos los años buscaba el oro viejo de su
paso. Y su mirada de dolor. Y su serenidad. Veía la canastilla de Guzmán
Bejarano y se acordaba de ese señor bajito que talló una obra de arte, un
premio nacional de artesanía. Para sostener a Cristo. Y pensaba en el premio
celestial que ya tendría un antiguo jesuita, el padre Trena, el alma de esos
javieres en blanco y negro, de sandalias rotas, de hambres, de miserias; de una
España en la que ya existía el Vacie y los niños de la calle. Veía a Cristo y
al viejo cura. Siempre trabajando por los pobres. Siempre con la sotana
manchada por sus obras. Un jesuita que en la Sevilla del cardenal Segura se
atrevía a decir que había que aprender de las muchas cosas buenas que tenía el
comunismo.
No faltaba a la cita. Silencio interior.
Silencio exterior. Claveles rojos y una imagen que alguien le comparó con las
fantasías de algún pintor alemán, con unos pies cruzados que se salen de todo
canon . También se salió del canon su autor, que se esmeró en la talla completa
de su boca y que firmó la obra en una cápsula de las pastillas que usaba para
sus dolores de estómago. Mística y la realidad. Ver a Dios o sentirlo.
Pero aquel año fue diferente. Su cristo
no saldría porque sufrió daños en un robo. Su lugar se señalaría con cuatro
manigueteros. Su presencia era su ausencia. Por eso no le hizo falta más. Cruz
de guía y negros penitentes. Cuando llegó su ausencia supo lo que tenía que
hacer. Se atrevió a romper el cortejo y besó el suelo. No estaba sola. Otras
mujeres de la Jersulén de la calle Feria hicieron lo mismo. No les hacía falta
más. El Alma de Dios estaba presente.
Volvió a su casa con el aroma de la
madera en su labios. Un año más. Cerró los ojos. Una sonrisa se insinuó en sus
labios mientras rezaba para sus adentros. “Señor, ya no puedo creer porque te
veo”.

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