“El domingo de Ramos quien no estrena no
tiene manos”. Era la dichosa frase que su madre solía repetir como una letanía
solemne de las misas del colegio. Sobe todo cuando se acercaba el gran día. “El
día que Sevilla estrena la primavera”, solía repetir su padre, que tenía, sin
duda ninguna, un punto de cursilería mayor que el de la madre.
Estrenos físicos y estrenos poéticos le
importaban bien poco, es más, podían ser un auténtico engorro para sus
verdaderas intenciones. Porque la dichosa palabrita, aparte de ir unida a un
especial empeño en marcar la raya de un pelo excepcionalmente engominado,
conllevaba un especial cuidado para la prendita que aquel año tocara estrenar.
Junto al tradicional juego de calcetines calados, autentica tortura que dejaba
su huella en unos pies que pateaban la ciudad aquel día, solía aparecer una
prenda nueva en su armario. Año de bienes: aquel domingo fueron dos. Almidonada
camisa blanca y pantalón gris marengo con raya trazada con el tiralíneas de una
madre meticulosa hasta en el planchado...
Domingo de estreno. Cuando le ponían el
dichoso calzoncillo que le solían traer su abuela del almacén de toalavía le
dio por ordenar sus deseos: usar la rampla como resbalaera (su madre siempre le
dijo que dijera tobogán), aumentar la bola de cera, masticar hasta el último
caramelo y disfrutar. De tambores y de cornetas, de terciopelos y de chicotás,
de pasos y más pasos. Porque los demás estrenos no iban con él. Estrenaba
ilusiones y deseo de disfrutar. Y eso bastaba...
Se las sabía todas. Una a una ordenó en
su mente las que había que ver. Un perfecto vía crucis lleno de gloria...No
sabía que se acabaría convirtiendo en penitencia. La primera estación llegó en
la misma rampla: cornetas que le invitaban a la vida y desnivel que invitaba a manchar
sus pantalones. Aceptó las dos invitaciones. No sabía que allí en medio de la
bulla llegaría la primera. Quizás la que más dolió. Repuesto de la estación,
sus padres lo llevaron al viejo barrio. Allí disfrutaba como el niño que era.
Entre el azul y la plata de sus abuelos acaparó hasta el último caramelo.
Ninguno fue a su bolsillo y sí a sus dientes. Cuando masticaba el último le
llegó la segunda. Quizás más fuerte que la anterior. Quizás tendría que
acostumbrarse...
Su madre no le dio permiso. Ni falta que
hacía. En el tercer momento de la tarde había que ver el paso dorado del
Nazareno desde lo alto. Mejor que nadie. Sobre la reja de la iglesia con aires
de pueblo se sintió más feliz que nadie. Salían nazarenos y salían ilusiones.
Cornetas y tambores en el aire limpio del domingo. Parecía que se rasgaba el
alma de la emoción No fue así precisamente. Más bien era su pantalón de estreno
el que se rasgaba. Y Jesús Despojado en la parroquia... Allí llegó la tercera.
Fue la peor. Con demasiado público. Y la más dolorosa por la frase que la
acompañó.
–“Ahora mismo estamos en casa...” Cara
hinchada y alma por los suelos. Regreso precipitado. Recuento en su memoria...
El pobre niño no imaginaba que la Bofetá
salía el domingo...

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